Allá por la década de los 90 el italiano Giacomo Rizzolatti lideraba un grupo de investigadores que realizaba experimentos con primates. Descubrió que cuando un mono realizaba una acción, se le activaba la misma zona del cerebro que cuando veía a otro hacer la misma acción. Esto que pasa con los monos también pasa con los humanos. Parece que es debido a las neuronas espejo. Estas neuronas nos ayudan a entender la mente de los demás, tanto en la parte intelectual como en la emocional. Se aprende a través de la práctica y la observación del igual.
Por otro lado tenemos otra capacidad importante que nos ayuda a la hora de aprender. Este factor es el conocimiento de la creencia de los demás, esto es algo que se desarrolla en el periodo que va de los 3 y 4 años en el ser humano. Algo que podemos ver en experimentos realizados en humanos (minuto 16 del vídeo inferior) y que se ha dado a bien llamar la teoría de la mente.
Aprendemos a través de ver a los demás y de practicar lo que los demás hacen, para ello es importante una serie de capacidades como la teoría de la mente (saber interpretar lo que piensan los demás) que nos ayuda a valorar los puntos de vista de los demás. De esta forma parece claro que nuestra capacidad de relacionarnos con los demás nos permite algo más que solo la mera socialización, nos permite aprender.
Pero el aprendizaje a través de los demás no se puede realizar de cualquier forma, la capacidad humana tiene una limitación física marcada por su córtex cerebral y a la que hace referencia Robin Dunbar en la definición del número que lleva su nombre. El número marcado por Dunbar es el 150. Ese parece el límite de grupos de gente que hace que la relación entre los individuos exista de alguna u otra forma, más allá se pierde la cohesión entre los miembros.
Llevo algunos días pensando en twitter y en como ha bajado la utilidad que yo le daba (básicamente compartir información, enlaces, y algo de conversación con máximo 15 de los usuarios). Creo haber identificado el problema. El sistema ha crecido, cada vez somos más en Twitter, que sigue a más gente y es seguida por más gente. El timeline de nuestro twitter se ha vuelto inasumible, y cada vez es más difícil conversar y leer/compartir información.
Ocurre en el mundo real, en las redes sociales físicas, también en el mundo de las redes de internet. Es natural que el crecimiento de una ciudad genere nuevos barrios, nuevos grupos de relación. También es normal que no podamos relacionarnos ni aprender de una forma ordenada siguiendo a 200.000 personas (o 20.000, o 2.000, 0 1.000,…).
Hemos crecido demasiado en followings. Yo siempre he sido favorable de corresponder el follow, por la limitación del DM de Twitter, sigo a quien me sigue por si en algún momento desea hacerme un DM, es la correcta estrategia que hacen también algunas empresas presentes en twitter. Pero esta regla hace que tu timeline este pervertido. ¿Por qué no definir un número máximo de followings? ¿Por qué seguir viviendo con esa mentira en el sistema? No es posible que alguien siga a tantas personas como le siguen (llegado a un número alto de followers). Limitando el número de followings conseguiremos que nuestro timeline sea más “seguible” y conseguiremos que la calidad de nuestros followers sea mejor, serán individuos realmente interesados, no personas buscando el autofollow. Así pues dos sencillas reglas que arreglarían el estado actual de twitter (estado que cada día irá a peor):
- Permitir el DM sin necesidad de que haya relación de seguimiento entre cuentas
- Limitar el número de followings de las cuentas.
¿Y cuál seria el límite? Pues es difícil de decidir, la cifra que yo propondría seria la misma cifra que limita actualmente las listas, es decir 500 followings. El número de Dunbar se hace algo escaso teniendo en cuenta el tiempo que estamos conectados algunos y la actividad variable de las cuentas.
Me gustaría poder leer vuestras opiniones sobre el tema, si creéis que debe haber límite y en ese caso la cifra.
Lo reconozco, no me gusta el fútbol. No me dice nada. Me parece un deporte como cualquier otro, capaz de entretener, eso sí, pero no de enganchar como para hacer que lo siga de una forma contínua.